La casa de los insectos, de Kazuo Umezz | Videojuegos,Análisis,Noticias

La casa de los insectos, de Kazuo Umezz

Satori continúa, incansable (y damos gracias), con la recuperación de grandes clásicos del manga. Hace pocas semanas reseñamos en esta casa la excelente «El chico de los ojos de gato, Vol. 2», de Kazuo Umezz, y hoy volvemos a él, con más alegría aún, pues La casa de los insectos es un compendio inconmensurable de las excelencias del maestro mangaka. En él vamos a encontrar siete relatos que destilan, en cada una de sus viñetas, su inconfundible humor, sí, pero también un lirismo propio, una capacidad expresiva que pocas veces se pueden ver y degustar: porque Umezz es un maestro del terror, cierto, pero algunas de sus narraciones son capaces de generar un malestar muy alejado del horror y más próxima a la realidad, enraizada en el carácter humano y no en supuestos monstruos o fantasmas. Porque si Umezz es el maestro del horror, o así lo proclama al menos Junji Ito (su más reconocido alumno), lo es por su capacidad de trascender dicho género y mostrarnos una parte de nuestro interior: aquello que nace de la parte más oscura del ser humano, aquello que querríamos que permaneciera escondido bajo tierra pero que, en sus historias, aparece a plena luz del día. Si Umezz consigue transmitirnos auténtico pavor, no es por sus monstruos o apariciones, sino por la realidad que nos muestra sin ambages, con toda la crudeza necesaria para dejarnos totalmente a su merced tras la lectura.

«La casa de los insectos» es casi un tratado, oscuro, de las pasiones humanas: casi todas sus historias tienen su origen en el amor que se profesan un hombre y una mujer. Un amor desvirtuado, abominable, puramente posesivo: el amor desfigurado, irreconocible, con el que sólo pueden amar los monstruos humanos que habitan sus cuentos. Buena muestra de ello es la narración que da título al compendio: un relato donde la realidad y el horror se funden en un solo abrazo, desdibujando las fronteras los limita. Haciendo un retrato abrumadoramente desquiciante de dos mentes enloquecidas, Umezz es capaz de desubicar constantemente al lector, haciéndonos partícipes de su descenso a los infiernos. Esta confusión de realidades es, sin duda, un rasgo recurrente en esta antología: es un camino que a los cuentos «La vela», «Vínculos» y «El fin del verano». En el primero de ellos, a un falso culpable condenado a muerte se le otorga un tiempo extra de vida gracias al efecto de una extraña vela que, una vez consumida, acabará con su vida. «Vínculos» nos ofrece un bello y siniestro espejismo que da cuerpo a la célebre frase que reza que «la vida es sueño»: sus dos protagonistas, una pareja de enamorados, son arrollados por un coche y, por desgracia, uno de ellos quedará postrado en una cama, en coma. Por último, «El fin del verano», relato que pone fin al libro, si duda, uno de los más desasosegantes: siempre nos hemos preguntado qué habría pasado sí… Pues bien, la protagonista de esta desdichada historia será testigo de como hubiera sido su vida si hubiera tomado otro marido: una historia, ciertamente, muy desesperanzadora.

La culpabilidad tiñe de oscuridad y horror, de remordimientos, la vida de los protagonistas de «Ojos» y «La cabeza». «Ojos» es, posiblemente, la narración más alejada del horror habitual en Umezz: en ella, una mujer es consumida por los remordimientos de una infidelidad cometida. Agravada, la culpabilidad, por la certeza de que una niña fue testigo de aquel acto y que, muy posiblemente, se lo podría contar a su marido. «La cabeza» es una buena muestra del humor negro que destila Umezz: un marido hastiado del desdén con el que lo trata su mujer decida acabar con ella. Tras atropellarla, la cabeza de la mujer desaparece y la culpabilidad le hará temer que aparezca en cualquier momento. Una truculenta historia que nos dejará con una fría sonrisa.

Por último, «Escalera de caracol» es una vuelta de tuerca al concepto del doppelgänger, del doble, en el que una joven debe asumir la personalidad de una cantante muy famosa para tratar de hacerse célebre y despuntar. Una narración que raya en lo malsano con una elegancia poco habitual.

Hacía falta que, poco a poco, la figura de Umezz fuera llegando, de manera más amplia, al mercado editorial español para iluminar la figura de este mangaka esencial: la fortuna nos ha sonreído y Satori, como es habitual, nos regala una edición impecable. La casa de insectos contiene relatos de una calidad desbordante, con un dibujo estremecedor que con cada trazado distorsiona la realidad. Kazuo Umezz es un imprescindible y, sin duda, este compendio es una excelente muestra de las razones que lo convierten en el maestro del horror.

 

 

 

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