Castlevania: Belmont’s Curse. Análisis - Noespaisparafrikis Videojuegos - PlayStation, Xbox, Nintendo, PC

Castlevania: Belmont’s Curse. Análisis


Castlevania: Belmont’s Curse

Me gustaría contaros algo de Castlevania que no supieseis, al menos los más añejos, pero, a la hora de recapitular, no encuentro las palabras. ¿Por qué? Porque es una de esas franquicias con tanta historia que casi nunca logra contentar a todo el mundo en sus intermitentes regresos a lo largo del tiempo. Esto pasa porque Castlevania contribuyó a crear un género, especialmente tras el sobresaliente Symphony of the Night, que ha trascendido tanto que, siempre que se intenta actualizar o poner al día, surge el debate. Hablamos de una saga que ha contribuido a definir el videojuego de acción bidimensional y que, sin embargo, llevaba demasiado tiempo sin protagonizar una nueva aventura de estas características. Entre recopilatorios, reediciones y una presencia que ha mantenido vivo su nombre, echábamos de menos una entrega capaz de recordarnos por qué seguimos hablando de ella tantos años después.

La espera ha terminado con Castlevania: Belmont’s Curse, una nueva aventura desarrollada por Konami, Evil Empire y Motion Twin que recupera la esencia de la franquicia y la traslada a un contexto diferente. La elección de Evil Empire, estudio que conoce bien los entresijos de la acción bidimensional gracias a su trabajo con Dead Cells, parece bastante lógica sobre el papel porque, además, fueron los encargados de dar vida a su DLC inspirado en Castlevania. También lo es la intención de recuperar el látigo como elemento central de una propuesta que no se limita a reproducir las mecánicas de los clásicos, sino que, aprovechando el propio bagaje del estudio, las utiliza para construir una experiencia más dinámica.

Y lo cierto es que, después de hincarle el diente a fondo, tengo bastantes motivos para estar satisfecho. El combate funciona, la exploración me ha convencido, la historia ha conseguido despertar mi interés y la banda sonora me ha encantado. No obstante, hay algunas decisiones que impiden que mi entusiasmo sea completamente incondicional, especialmente en lo que respecta al rendimiento en Steam Deck y Switch y a una escala de los personajes que, a mi juicio, no hace justicia a las posibilidades de su apartado artístico.

Porque sí, Castlevania ha vuelto. La cuestión es hasta qué punto ha sabido aprovechar la oportunidad. ¿Queréis saberlo? Seguid leyendo.

Una nueva generación de Belmont

La historia nos traslada hasta el París de 1499, donde una amenaza sobrenatural convierte la ciudad en el escenario de una nueva pesadilla. La aventura nos sitúa en el linaje de los Belmont y nos presenta a Rose, hija de Trevor Belmont, protagonista de Castlevania III: Dracula’s Curse. Veintitrés años después de los acontecimientos de aquella entrega, la familia vuelve a enfrentarse a unas fuerzas oscuras que amenazan con sumir el mundo en el caos.

La elección de Rose como protagonista permite dar continuidad a una de las líneas argumentales más reconocibles de la franquicia, al tiempo que abre la puerta a una nueva perspectiva. ¿Es gratuito? Pues a lo mejor, pero ¿y qué pasa? Se recupera un apellido ilustre y se pone de nuevo el látigo en manos de un Belmont. ¿Qué más podemos pedir? A través de Rose veremos qué significa heredar una responsabilidad semejante y cómo puede evolucionar una saga sin renunciar a los elementos que la han convertido en un referente.

La historia es sencillita, como lo eran los productos de este calado en los 90, cuando vivimos el apogeo de la saga, pero cuenta acontecimientos importantes para el devenir de la franquicia. Y, aunque no considero especialmente importante que un juego de estas características consiga despertar nuestra curiosidad por lo que sucede a continuación, sí que creo que la narrativa debe acompañar a la acción y ofrecernos motivos para querer seguir avanzando. Y Belmont’s Curse no se limita a encadenar enfrentamientos contra criaturas monstruosas, sino que utiliza su contexto y sus personajes para dar sentido a nuestro viaje, con frecuencia a través de una de las novedades del juego: las cartas del tarot. A través de estas conoceremos e interactuaremos con varios de los personajes del juego, con frecuencia enemigos a los que hemos derrotado. Algo curioso y, la verdad, bastante bien implementado.

Un látigo con mucho que decir

Si hay un elemento que identifica a Castlevania por encima de cualquier otro, ese es el látigo. El Vampire Killer forma parte del ADN de la franquicia y su importancia va mucho más allá de ser un arma reconocible. Buena parte de la personalidad de los primeros juegos residía en la manera de utilizarlo, en la precisión que exigían sus ataques y en la necesidad de aprender a dominar sus limitaciones.

En Belmont’s Curse veremos perfectamente que no basta con recuperar el arma y esperar que la nostalgia haga el resto, porque aquí adquiere una nueva dimensión como herramienta de desplazamiento, permitiéndonos aprovechar el escenario para encadenar movimientos y alcanzar lugares que, de otra manera, resultarían inaccesibles. Y os prometo que los mayores retos del juego vendrán asociados a este.

Esta decisión repercute directamente en el diseño de niveles, que serán los más verticales de la saga, y en el ritmo de la aventura. El combate deja de ser una cuestión exclusivamente ofensiva para integrarse en una propuesta en la que movimiento, posicionamiento y exploración forman parte de un todo que, combinado, funciona como un bólido de carreras. No estamos simplemente ante un personaje que golpea a los enemigos mientras avanza hacia la derecha de la pantalla. La manera de recorrer los escenarios tiene un peso considerable y el plataformeo vendrá de la mano del uso que nos veremos obligados a hacer del látigo, contribuyendo a que cada desplazamiento pueda convertirse en una pequeña satisfacción, especialmente cuando encadenemos varios balanceos esquivando sierras, evitando caer sobre los pinchos que sobresalen del suelo y atravesando paredes. Esto, combinado con las otras habilidades especiales (como la luz, que nos permite atravesar ciertos muros), hará que toda esa sucesión de acciones resulte puñetera, pero muy gratificante cuando consigamos superar el obstáculo de turno.

El combate, además, vuelve a lucir. Las posibilidades que ofrece el arsenal, combinadas con las habilidades que vamos adquiriendo, permiten experimentar con distintas maneras de afrontar los enfrentamientos. Hay margen para adaptar nuestra estrategia y encontrar combinaciones que se ajusten a nuestras preferencias, algo que agradezco especialmente en un género donde la repetición de encuentros puede terminar convirtiéndose en una rutina.

Aquí es donde se aprecia el conocimiento de Evil Empire sobre la acción bidimensional. El estudio parece entender que un buen sistema de combate no depende exclusivamente de la cantidad de movimientos disponibles, sino de cómo se relacionan entre sí y de las posibilidades que ofrecen cuando el jugador empieza a dominarlos. Si Konami ha llamado a su puerta ha sido, sin duda, por cosas como esta. Belmont’s Curse tiene un sistema de combate que invita a jugar, experimentar y mejorar, y eso constituye una de sus principales virtudes. Tampoco omitiré que, en ciertos momentos, la acción invita al caos y una situación que parecía controlada nos sorprenderá con una muerte prematura por pura acumulación de enemigos.

Explorar, descubrir y volver a perderse

El diseño de niveles es otro de los apartados más sólidos. La estructura de los escenarios, las posibilidades de movimiento y la importancia que adquiere la verticalidad hacen que explorar resulte especialmente satisfactorio.

La gracia del género metroidvania es que los escenarios no se conciben como simples pasillos por los que avanzar, sino como espacios que merece la pena estudiar, y en este punto Belmont’s Curse da el do de pecho. Lugares en los que una plataforma aparentemente secundaria puede esconder un secreto, una ruta alternativa o un objeto que termine resultando útil más adelante estarán presentes, como ya esperaréis, aunque también es cierto que en esta entrega enseguida (quizás demasiado) reconoceremos ciertos patrones que darán a entender que hay un secreto oculto.

Belmont’s Curse destaca precisamente por la manera en que aprovecha la verticalidad. Los escenarios no se limitan a extenderse horizontalmente, sino que nos invitan a mirar hacia arriba, buscar caminos alternativos y aprovechar las posibilidades de movimiento que ofrece el látigo. El diseño adquiere así una dimensión adicional que repercute tanto en la exploración como en los enfrentamientos.

El juego, como es habitual y como mandan los cánones del género, abre demasiadas posibilidades y demasiados caminos desde muy pronto. Muchas de las rutas nos llevarán a puntos inaccesibles a los que tendremos que volver más adelante, cuando hayamos desbloqueado una nueva habilidad que nos permita acceder a ellos. Casi siempre serán zonas opcionales con jugosas recompensas. Para facilitar que dichos puntos no queden en el olvido, el juego nos da la posibilidad de colocar marcadores, algo muy de agradecer.

Un árbol de habilidades que invita a experimentar

La progresión del personaje es otro de los elementos que contribuyen a mantener el interés en el nuevo juego de Evil Empire. El árbol de habilidades (aunque no sea estrictamente un árbol de habilidades per se) está muy bien planteado y ofrece una estructura que permite apreciar cómo evolucionan nuestras posibilidades a medida que avanzamos. Nuestro personaje mejorará a medida que derrotemos enemigos, encontremos estatuas de poder que reventar y vayamos consiguiendo armas con unas estadísticas más elevadas.

Las armas, las reliquias y las habilidades especiales permiten construir un estilo de juego propio, algo que encaja muy bien con un combate que ya de por sí ofrece suficientes posibilidades para experimentar.

El sistema de cartas que ya he mencionado con anterioridad juega también un papel importante en este apartado.

La posibilidad de obtener arcanos asociados a los jefes derrotados y utilizarlos para activar habilidades especiales introduce una mecánica que aporta personalidad a la progresión. No se trata solamente de recoger mejoras y asignarlas a un menú. Las cartas convierten los enfrentamientos contra determinados enemigos, de los que hemos salido victoriosos, en una oportunidad para ampliar nuestro repertorio y descubrir nuevas habilidades y nuevos ataques.

Castlevania sigue teniendo sus armas, sus reliquias y sus enfrentamientos característicos, pero ahora incorpora un sistema que añade otra capa de posibilidades.

Además, el interés de estas mecánicas no reside únicamente en desbloquearlas, sino en descubrir cómo funcionan y qué combinaciones pueden resultar más eficaces. Esa curiosidad por probar una habilidad nueva y comprobar cómo encaja con nuestro estilo de juego es una de las razones por las que los sistemas de progresión bien diseñados pueden resultar tan satisfactorios.

Tanto el árbol de habilidades como el sistema de cartas son dos rotundos aciertos: enriquecen el combate y refuerzan la sensación de que siempre tenemos alguna posibilidad nueva que probar.

Una dirección artística con mucho potencial

Visualmente, Belmont’s Curse muestra otro de sus puntos fuertes. La dirección artística sabe aprovechar la ambientación gótica de la franquicia y construir escenarios que transmiten esa mezcla de fantasía oscura, arquitectura monumental y amenaza sobrenatural que siempre ha caracterizado a Castlevania.

El juego apuesta por una presentación renovada, con escenarios llenos de personalidad y una estética que encaja perfectamente con el universo que pretende representar.

Aun así, el tamaño de los sprites es en ocasiones demasiado pequeño, lo que desluce el resultado global. Y esto lo menciono porque no siempre se justifica jugablemente. En muchos momentos sí podemos apreciar la intención y considerarlo necesario porque el juego abre los espacios para que, por ejemplo, podamos ver varios puntos de anclaje para el látigo, medir las distancias o simplemente presumir del arte con alguno de los paisajes del fondo. Pero, cuando nada de esto es necesario, los personajes me parecen demasiado pequeños, perdiéndose así parte del detalle del bonito diseño tanto de los personajes principales como de los enemigos. Es una pena porque una escala diferente hubiese hecho destacar el apartado artístico incluso más.

Además, esto tiene implicaciones negativas en la experiencia portátil en plataformas como Steam Deck o Nintendo Switch. En una pantalla de estas dimensiones, los personajes pequeños resultan menos impactantes y hacen que algunos detalles se pierdan con mayor facilidad. Lo que quizá funcione de una determinada manera en un monitor grande no siempre ofrece las mismas sensaciones cuando jugamos en una portátil.

Por eso, mi crítica no va dirigida a la dirección artística, que me parece uno de los grandes atractivos de Belmont’s Curse, sino a la manera en que se presenta. Creo que el juego tiene un apartado visual con mucho potencial y que una escala mayor habría contribuido a potenciarlo.

 

Una banda sonora tan buena como polémica

A la altura del apartado visual se encuentra la banda sonora.

La música siempre ha sido una parte fundamental de la identidad de Castlevania. Hablar de la saga implica recordar melodías que han terminado formando parte de la historia del videojuego, composiciones que sobreviven al paso del tiempo y que asociamos inmediatamente con sus castillos, sus criaturas y sus protagonistas.

Por eso, cada nueva entrega tiene ante sí una responsabilidad considerable. Y digo esto porque Belmont’s Curse ofrece una banda sonora sobresaliente que, en algunos casos, no ha sido bien recibida por sus diferencias con respecto a entregas anteriores.

La banda sonora de Castlevania: Belmont’s Curse ha sido uno de los apartados que más opiniones enfrentadas ha generado entre los seguidores de la franquicia. La composición de ASADI se aleja de la tradición musical que convirtió a Castlevania en un referente, apostando por una aproximación más contemporánea, electrónica y ambiental. Una decisión que contrasta con aquellas melodías de inspiración barroca, los órganos y la energía rockera que asociamos a algunas de las entregas más recordadas, especialmente las firmadas por Michiru Yamane. Incluso la reinterpretación de Bloody Tears, uno de los temas más emblemáticos de la saga, ha despertado cierta controversia por su tratamiento más contenido y alejado de la intensidad de versiones anteriores.

Personalmente, tengo que reconocer que la propuesta me está encantando. Entiendo que quienes esperaban recuperar la identidad musical de los clásicos puedan sentirse decepcionados, especialmente cuando hablamos de una franquicia con semejante legado sonoro, pero tampoco creo que cada nueva entrega deba limitarse a reproducir las fórmulas que funcionaron hace décadas. La banda sonora tiene personalidad, acompaña estupendamente la exploración y contribuye a construir la atmósfera de la aventura. No sé si terminará dejando composiciones tan memorables como las de sus predecesores, pero, al menos en mi caso, está siendo uno de los apartados que más estoy disfrutando.

La aventura portátil, una experiencia con margen de mejora

Uno de los aspectos que más me ha llamado la atención de Belmont’s Curse es el tratamiento que han recibido sus versiones portátiles. Y no precisamente por sus virtudes, sino porque estamos ante un lanzamiento que parece no haber terminado de resolver algunas cuestiones técnicas que deberían haberse cuidado bastante más.

La situación de Nintendo Switch resulta especialmente curiosa. La consola original recibe una versión limitada a 30 imágenes por segundo y con una resolución inferior a la de las demás plataformas. Una circunstancia que afecta a la presentación visual y que resulta especialmente evidente cuando observamos el tamaño y la definición de los personajes. Los tiempos de carga también son considerablemente más largos y se han señalado ciertas irregularidades en la fluidez.

Lo más desconcertante es que Nintendo Switch 2 tampoco dispone de una versión nativa del juego. Es decir, quienes utilicen la nueva consola de Nintendo tendrán que conformarse con ejecutar la versión de su predecesora mediante retrocompatibilidad. Es cierto que el hardware adicional permite disfrutar de una experiencia considerablemente más fluida, alcanzando los 60 fps en términos generales, pero la resolución sigue siendo la de una versión concebida para la anterior generación. El resultado es una presentación visual que no termina de aprovechar las posibilidades de Switch 2 y que evidencia la ausencia de una adaptación específica.

Tampoco Steam Deck sale especialmente bien parada. He elegido la portátil de Valve para disfrutar de esta aventura y, aunque gráficamente está muy por encima de la versión de Switch, su comportamiento técnico está siendo bastante mejorable. Mientras que los primeros parches van puliendo el rendimiento, he experimentado caídas que pueden situarse por debajo de los 30 fps en determinadas zonas, tirones incluso limitando la frecuencia a 40 fps y dificultades para encontrar una configuración que garantice una experiencia consistente.

Existe también un problema con el encuadre en la pantalla panorámica de la portátil que hace que, en los menús, parte del texto se quede fuera.

Puntualmente, he experimentado un problema que ha forzado el cierre de la Steam Deck, bloqueándola por completo hasta el punto de tener que enchufarla para poder arrancar de nuevo el juego.

Es una lástima, porque Belmont’s Curse tiene suficientes virtudes como para merecer una adaptación portátil a la altura. Su dirección artística, la verticalidad de los escenarios y las posibilidades que ofrece el látigo invitan a disfrutarlo en cualquier lugar. Sin embargo, tanto la ausencia de una versión nativa para Switch 2 como los problemas que estoy encontrando en Steam Deck dejan la sensación de que el apartado técnico no ha recibido toda la atención que necesitaba.

Un regreso a la altura

Creo que Castlevania: Belmont’s Curse es un regreso que demuestra que todavía hay mucho que contar dentro de una franquicia con tanta historia a sus espaldas. Evil Empire ha sabido recoger el testigo y aportar suficientes ideas para que la aventura no viva exclusivamente de la nostalgia. El combate es fantástico, el diseño de niveles aprovecha estupendamente la verticalidad, el sistema de progresión funciona y tanto la historia como una banda sonora que personalmente me ha conquistado consiguen mantenerme pegado a la pantalla. Es cierto que abrir demasiadas posibilidades desde el principio puede resultar abrumador y que el tamaño de los sprites no termina de hacer justicia a una dirección artística que tiene muchísimo potencial, pero son aspectos que no consiguen empañar sus virtudes.

Sin embargo, no puedo pasar por alto un apartado técnico que necesita mejorar, especialmente en las versiones portátiles. La resolución de Nintendo Switch, la ausencia de una adaptación nativa para Switch 2 y los problemas de rendimiento y estabilidad que he experimentado en Steam Deck son cuestiones que deslucen un conjunto que merecía algo más de mimo. Aun así, me quedo con la sensación de estar ante un Castlevania que entiende perfectamente de dónde viene, pero que tampoco tiene miedo de explorar nuevos caminos. Y, después de tantos años esperando una aventura de estas características, volver a empuñar el látigo y descubrir que sigue teniendo tanto que ofrecer es, sencillamente, una magnífica noticia.

Isaac Garcia
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0.00
8.9

Historia

8.0/10

Jugabilidad

9.0/10

Diseño Artístico

9.0/10

Diseño de Sonido

9.5/10

A Favor

  • Castlevania está de vuelta
  • Rose Belmont y todo cuanto la rodea
  • El uso del látigo en el plataformeo

En Contra

  • Las versiones de Pc y Switch deberían estar mejor optimizadas

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