Black Box Vuelo 298 revisita el género de las catástrofes aéreas, pero llevada al cine de terror, sin que quede claro en un primer momento a qué tipo de amenaza se enfrentan los pasajeros atrapados en estevuelo. Dirigida por Steven Quale (el mismo de Final Destination 5), cuenta la historia de un vuelo convencional, de Nueva Orleans a Seattle, que se ve asaltado por circunstancias cada vez más extrañas, primero una tormenta no detectada por los radares metereológicos, luego gente que enferma sin una razón clara, luces de colores entre las nubes… El tono de la película es serio y busca provocar sensaciones de claustrofobia, incertidumbre y horror de origen desconocido, pero mi mente trastornada no podía dejar de recordar escenas con cierto parecido de la gran obra maestra Aterriza como puedas, lo cual me sacaba un poco de contexto. En cualquier caso, sin ser una obra maestra, sus escasos 85 minutos de metraje cumplen con su objetivo de servir de entretenimiento.
El reparto, todo caras desconocidas, funciona bastante bien. Tom Brittney hace de Jeremy, el típico pasajero con cara de haber pasado una semana mala (lleva el cuerpo de su novia en la bodega, nada menos) y sostiene la película sin forzar demasiado el drama. Holly White como azafata y Boadicea Ricketts como la marshal del aire le dan ese toque de “alguien tiene que intentar poner orden aquí mientras el mundo se cae a trozos”. Y Molly Belle Wright es la típica niña que, como manda la tradición del género, termina siendo más lista que la mayoría de los adultos.
La producción es de bajo presupuesto, pero Quale (que también se encargó de la cámara y el montaje) saca bastante partido del set cerrado del avión. La claustrofobia se siente de verdad, las luces
extrañas y los fallos técnicos funcionan a la perfección, y hay un par de momentos de pánico colectivo que recuerdan a esos viejos telefilmes de los 70 mezclados con un toque de Twilight Zone. El empleo generoso de vídeos grabados con el móvil aporta un toque de cotidianeidad y cercanía, como si estuviéramos viendo un feed de noticias de actualidad. El guión de Stephen Susco (todo un veterano en escribir historias de terror) sabe jugar con la paranoia de volar: esa sensación de que en cuanto se pierde el contacto con tierra, cualquier cosa puede pasar.
El argumento avanza a buen ritmo: primero el viejo que se pone enfermo en el baño, luego la gente que empieza a sangrar y a comportarse raro, y finalmente la revelación de que no estamos solos en las nubes. Tiene guiños claros a Final Destination (la muerte acechando en un avión), a las clásicas de catástrofe y hasta un poco a esas historias de abducciones baratas de serie B. No todo cuadra a la perfección y los efectos a veces se notan un poco “de estudio con chroma”, pero la película no se alarga ni se toma demasiado en serio a sí misma. Black Box es exactamente lo que parece: una película de terror de avión entretenida, cortita y con suficiente tensión como para que no te aburras. No va a cambiar tu vida ni va a entrar en ninguna lista de las mejores del año, pero si te apetece algo fresco dentro del género, con un toque sobrenatural y sin pretensiones, cumple.
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