The Last of Us 2: La silenciosa caída | Videojuegos,Análisis,Noticias

The Last of Us 2: La silenciosa caída

Fue por esta época que valoré la imposibilidad de que las carnes se comuniquen. En el mejor de los casos, solo las almas se rozan, y es que estamos abocados al solipsismo. Nunca hemos liberado de un gramo de sufrimiento a quien se ve cubierto de dolor: con este error de cálculo solo se contribuye a la maceración, a la suma de números negativos.

Estética del Polo Norte, de Michel Onfray.

[…]Hace el perdón difícil: ni fácil ni imposible. […] Si es difícil darlo y recibirlo, otro tanto es concebirlo.

La memoria, la historia, el olvido, de Paul Ricoeur.

Hacia un lugar partí donde no pude encontrar paz.

«Canción del ciervo yaqui», en Los vivos y los muertos, de Joy Williams

 

La ingravidez de dos cuerpos. En caída. Sin nada a su alrededor a qué aferrarse para hacer el aterrizaje menos doloroso. En ese estado de suspensión en el que no eres tú quién se precipita, sino el mundo en derredor: es él quien no para de moverse hacia arriba. Siempre hacia arriba. Mientras tú cada vez estás más abajo. Pero permaneces quieto en esa caída libre. Estático. No tienes ni espacio ni tiempo: ninguna de esas dos cualidades te pertenecen ya. Sólo sientes flotar el mundo: como en un sueño, o una pesadilla. Y mientras caes, todo comienza a teñirse de irrealidad y empiezas a tomar conciencia del silencio. Un silencio ensordecedor, que va y viene, como las olas del mar. Un silencio que te habla: en realidad, es la música del silencio. Que te acuna y te estremece.

Una música que envuelve a dos cuerpos incapaces de comunicarse y en permanente caída, como son los de Ellie y Abby. Dos cuerpos que, sin embargo, hablan con su sola presencia: Abby lo ha moldeado con sus continuos entrenamientos con un único fin, el de la venganza. Su impresionante físico nos habla de su tesón, de su obsesión. En cambio, el cuerpo de Ellie aparece en varias ocasiones contusionado, sangrando: un cuerpo resistente, hábil y en permanente sufrimiento. Dos cuerpos que evolucionarán a lo largo de la historia y que cobran una especial relevancia en la pelea final entre: el cuerpo de Abby, tras semanas de trabajos forzados y poca alimentación, ha perdido prácticamente toda su masa muscular y acaba sangrando por las múltiples heridas abiertas; Ellie acaba perdiendo dos dedos en este enfrentamiento descarnado. El mar acuna estos dos cuerpos en sus últimos compases juntos, como una salvaje danza mortal en el que las heridas nos hablan de las pérdidas sufridas… y de las que han de venir.

El líquido elemento que las ha acompañado durante toda la aventura, pero que tiene una especial importancia para Abby: para ella se abren las puertas de ese acuario fantasma, deshabitado, en ruinas. Es ahí donde se definen, para ella, esos fugaces instantes de felicidad: casi desdibujados, como los reflejos en un mar en movimiento. Ella, cuyo cuerpo parece esculpido en piedra, recibe en el agua esos instantes de paz, de tranquilidad, que el devenir le ha de robar. Finalmente, será en el agua que la veremos desaparecer, camino a ninguna parte, camino hacia el fin. Dentro del mar, lejos de la tierra.

Para Ellie, los destellos de felicidad se centrarán en esa guitarra que Joel le regala. Esa guitarra que camina junto a ella y la acompaña: el lenguaje que le permite recuperar a Joel en ese recuerdo postrero. Un recuerdo preñado de tristeza, precisamente, por toda la esperanza que contenía: la concepción del perdón. Ese perdón que no llegará a consumarse ya en vida. Y que poco importará pues solo el débil resplandor de su concepción permite a Joel vislumbrar un camino antes vedado, aunque nunca alcanzado. Esas notas finales que ya no pueden sonar (faltan los dedos que debían tocarlas y que han sido mutilados en busca de venganza) en la guitarra son el símbolo de la inconclusión, de esa incesante búsqueda de perdón lastrada para siempre por la venganza: la de Abby y la de Ellie.

Ambas se acaban reconociendo en la pérdida, ambas se acaban perdonando la vida ante la constatación de que, tras la muerte, sólo queda reparar a los vivos. Sólo queda tratar de volver a aquellos que amamos. Importan los que sobreviven, aquellos que siguen ahí. Lev, Dina, JJ…  Abby y Ellie tratarán de buscar, por ello, una vida alejada de esa venganza deseada y monstruosa, pero las circunstancias se lo impedirán, abocándolas a uno de los finales más desoladores de cuantos tengo memoria.

Los acordes fantasmas que Ellie trata de tocar en la secuencia final se han vuelto un símbolo tan potente por su irrefutable evocación de la pérdida, de lo irrecuperable. Pero no sólo de la pérdida de Joel, Owen, Mel… sino de la pérdida del lenguaje, de la incapacidad de evocar el mundo pasado, presente y futuro. Ellie ya no es capaz, tras su abominable búsqueda de venganza, de volver a entrablar conversación con Joel, de volver a evocarlo a través de su guitarra. La pérdida, pues, es absoluta.

Porque al final, The Last of Us Part II nos habla sobre el perdón, sí, pero también y sobre todo del lenguaje y la incomunicación: en los encuentros entre ambas prima el silencio, sólo hablan los cuerpos, contusionados, violentados, mutilados… Ambas se acaban definiendo más por lo que han perdido que por lo que han recuperado. Porque ante la muerte no hay lenguaje que prevalezca: sólo hay vacío, sólo hay caída. Y esa extraña ingravidez que anega los instantes felices y dolorosos de dos cuerpos destinado a desaparecer en la oscuridad: entre la bruma del mar; entre los árboles del bosque.

 

 

 

 

 

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