El valor de (re)imaginar. | Videojuegos,Análisis,Noticias

El valor de (re)imaginar.

Es un hecho. A nadie se le escapa que la nostalgia noventera da mucho dinerito. La mayoría de los que ahora gastamos un buen pellizco de nuestras nóminas en videojuegos nos enamoramos de este medio, muy probablemente, durante los últimos 80 y los 90, y eso las desarrolladoras y distribuidoras lo saben.

Es por eso que llevamos varios años recibiendo remakes, remasters, revisiones en HD, ports, y demás palabras chachis de juegos que hoy día son considerados santo y seña del mundillo. Dejando ports de la generación inmediatamente anterior a un lado (Nintendo, te estoy mirando a tí), en los últimos años hemos podido disfrutar de muchas y muy variadas revisiones de títulos a los que se les tiene gran cariño como por ejemplo Crash Bandicoot, Spyro the Dragon, Secret of Mana, Link’s Awakening, o el juego que motiva este artículo, uno de los remakes más esperados desde que supimos de su existencia. 

Un título que se venía especulando desde hace muchos años, y que fue revelado en el E3 (que en paz descanse) de 2015 entre gritos desbocados. Recuerdo, de hecho, que en la retransmisión en directo de GameTrailers los comentaristas se pusieron en pie como El Calvo de la F1™ y se abrazaron como si acabaran de ganar la primitiva. SONY gana el E3. Se acababa de anunciar el remake, la reimaginación de uno de los juegos de rol japonés más importantes, si no el más importante de la joven historia de los videojuegos. El que abrió la puerta a tantos otros que sin el éxito del que hoy nos ocupa jamás hubieran visto la luz fuera de Japón, y que los aficionados hubiéramos tenido que disfrutar mediante métodos de, digamos, dudosa legalidad.

Se acababa de anunciar, poca broma, Final Fantasy VII Remake.

No olvidemos que en 2015 aún no habíamos visto siquiera los lanzamientos de Final Fantasy XV ni Kingdom Hearts III, los títulos que, se suponía, debía resolver el director designado, Tetsuya Nomura, antes de acometer la titánica tarea de rehacer un juego que cuenta con el cariño de la mayor parte de la comunidad. Pero de esos dos nos ocuparemos en otro momento. Hoy, aquí, ahora, es el momento de hablar de cómo Nomura, un tipo que no está entre mis preferidos del mundillo precisamente, ha manejado la mayor patata caliente que Square-Enix ha cocinado en las últimas dos décadas.

Tetsuya Nomura es un autor. Sus juegos anteriores, los Kingdom Hearts, me parecen pretenciosos, cursis, excesivamente machacones y con una historia que es, vamos a decirlo ya, una estupidez sin sentido enfocada a preadolescentes que quieren jugar a algo que les haga sentir adultos. Y sin embargo no puedo más que aplaudir lo que ha hecho con este Remake. A nivel creativo, me refiero.

La historia de Final Fantasy VII es probablemente una de las más comprometidas a nivel político. Ecoterroristas, tú. Ecoterroristas en contra de una mega corporación que está jodiendo el planeta para que los habitantes de la ciudad de Midgar tengan su agua caliente, su televisión y la mayoría de las comodidades del primer mundo, mientras viven literalmente encima de los pobres que no pueden ver siquiera la luz del sol y viven alumbrados por enormes lámparas artificiales. Esta historia es una de metáforas nada sutiles, pero francamente certeras y sobre todo, VIGENTES a día de hoy.

Cualquier persona en su sano juicio, viendo el galimatías que es la aventura de Sora, se habría echado a temblar sabiendo que Nomura era la mente creativa al frente del proyecto. Pero con Cloud, Aeris y compañía había restricciones claro. Nomura no podía hacer sus mierdas habituales. O al menos no sin que una turba de fans enfurecidos le hagan una visita y le obliguen a modificar el guión con “hábiles” tácticas de convencimiento y manipulación mental. Sin embargo Nomura, junto a su equipo de guionistas ha sabido hacer de este título un juego tan suyo, tan Nomura, como fiel al original. 

Obviaremos a todos esos zotes que se creen los mas listos de la clase, esos que dicen que “Nomura solo llevó al equipo pero el guionista acreditado es Kazushige Nojima” Es tan evidente la mano de Nomura en la parte argumental que durante buena parte del juego que cuesta creer que esto vaya a llegar a buen puerto. Pasas los últimos episodios cruzando los dedos para que no se abra un portal y aparezcan Goofy y Donald preguntando cómo se va a Ciudad de Paso. Pero ese temor se torna, o al menos en mi caso lo hizo, en satisfacción. 

 

A PARTIR DE ESTE PUNTO, SPOILERS DE TODO EL ARGUMENTO DE FFVIIR.

 

Kingdom Hearts es, ya lo he dicho, un galimatías sin sentido que no se sostiene por ninguna parte pero que maneja un serie de conceptos a nivel global muy reconocibles y que funcionan bastante bien a la hora de dar épica y misterio a cualquier historia. El “corazón” de las personas, la oscuridad que reside en ellos, y lo que nos interesa y que más se ha filtrado en este remake, la noción de que el destino está escrito y es una fuerza imparable a la que es inútil intentar vencer. 

Nomura, ahora que ha trabajado con restricciones y reparos, ha sido capaz de introducir sus eternas movidas sobre el destino con la suficiente sutileza pero también, y esto es lo más importante, contundencia. Y lo ha hecho usando esas figuras espectrales encapuchadas que nos recuerdan irremediablemente a los dementores de Harry Potter, llamadas “ecos”.

Estos ecos son los guardianes del destino, aquellos que velan por que lo que está escrito en el porvenir se cumpla de forma inexorable. Durante la mayor parte del juego, yo estaba teorizando sobre un multiverso y sobre cómo estos seres serían los guardianes del mismo. Y a su vez me quejaba de cómo Nomura los utilizaba como “volantazos de guión” para llevar la historia por donde le parecía sin hacer ninguna construcción lógica que llevara a ello. ¿Necesitamos que Jessie se quede en el Sector 7 para la misión del Reactor 5? ¿El pilar ha de caer pese a que hemos pateado el culo de los turkos? No hay problema, los ecos hacen el trabajo sucio que el guión no ha sido capaz de justificar. 

No lo voy a negar, me molestaba. Veía a esos seres como la mayor manifestación de un guión perezoso que no se molesta en dar contexto a las múltiples conveniencias que tienen lugar, supliendo la falta de planificación con un elemento omnisciente. Hasta que llegas al final, claro. Cuando llegas al final de este remake, donde supuestamente dejaríamos Midgar en pos de un mundo enorme y abierto, se nos pone por delante el último desafío. El combate que nos separa de los créditos finales es ni más ni menos que contra el mismísimo destino representado por un eco enorme llamado Presagio. Aeris dice, justo antes de entrar a librar este combate que “Lo que hay más allá es la más aterradora libertad”. 

Y entonces todo hace click

Llevamos todo el juego luchando contra unos seres que velan de las formas más virulentas por que todos los acontecimientos pivotales del juego se cumplan, sea cual sea el resultado de nuestras acciones. Y ahora vamos a enfrentarnos y obviamente, a vencer a estos entes. Vamos a lanzarnos de cabeza y a abrazar ese terrorífico libre albedrío de la misma manera que Nomura ha hecho con los fans letales de Final Fantasy VII. Acabando con presagio y con los ecos, Nomura y su equipo acaban con todos esos individuos que alzan el puño gritando “FIDELIDAD” en cuanto algún acontecimiento no se ajusta a lo que ellos tienen en su cabeza. A partir de ese momento, cuando Presagio cae derrotado, el horizonte para los capítulos siguientes es infinito y está en manos del equipo creativo. 

Es uno de los mayores middle fingers a la base fan que recuerdo en mucho tiempo. Tanto que justo después tenemos un primer combate contra Sefirot, un personaje cuya presencia a esas alturas en el juego original a penas se había insinuado, e incluso una retorcida recreación del final del juego original en la que queda bastante claro que el propio Sefirot conocía ese destino escrito en piedra y que su principal plan para este episodio era que Cloud y sus compañeros lo rompieran.

Sefirot, Nomura, ha ganado. Al menos de momento. Ha roto el ciclo de presión que los fans ejercen sobre los creadores. Qué coño, ha hecho que sean los propios jugadores los que lo rompan. Ha dejado claro que a partir de ahora lo que ocurra en episodios venideros será decisión suya y de su equipo creativo. Líneas temporales alternativas, personajes muertos que ahora viven y viceversa. Un desenlace completamente distinto. Ha reimaginado y reconstruido uno de los juegos más importantes de la historia pero en lugar de presentar lo mismo con mejores gráficos, ha decidido aportar, poner su alma y construir sobre el legado de Final Fantasy VII su visión de la aventura que nos sobrecogió a tantos hace más de 20 años. Podrá gustar más, podrá gustar menos. Pero no podemos negar el valor que hace falta para llevarlo a cabo.   

Sin lugar a dudas, Nomura ha hecho la mayor de las justicias a la palabra Remake. 

 

 

 

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