El almanaque de mi padre

Hay una máxima en nuestras vidas que no puede ser cambiada, por mucho que lo intentemos, por mucho que nos esforcemos hay una verdad unidad a nosotros y que nos acompañara hasta el mismo día de nuestra muerte y, que a su vez, dicha “verdad” se la pasaremos como un “don” a nuestra descendencia. Y es que si hay algo que todo ser humano tiene ligado a su existencia es que “somos hijos de nuestros padres”, es algo que no podemos evitar, algo que por mucho que nos esforcemos no podemos olvidar, ni borrar, ni falsear. Y este principio, este sentimiento, es algo que no entiende de fronteras. Es igual para un nipón que para un francés, alemán o español, es algo que no va atado a culturas o etnias, el afecto a la unidad familiar es un sentimiento inherente al ser humano, es algo universal.

Tal vez sea por este motivo por el que la novela del recientemente fallecido Jiro Taniguchi, me resisto a llamarlo comic, es una de esas obras que aguantará el paso del tiempo y es tan vigente hoy como lo era hace más 20 años cuando se publicó por primera vez y lo será dentro de otros 20 años. Y es que en “El almanaque de mi padre” el gran Taniguchi disecciona ese sentimiento para contarnos una de sus obras más intimas, mas personal pero que a la vez  nos cuenta con todo detalle, como si ojeáramos un libro de historia, como era el Japón de su infancia, ese Japón de pequeños pueblos tranquilos y sosegados, ese Japón recién ocupado por las tropas estadounidenses y de cómo va cambiando con el paso del tiempo. Es el viaje existencial del protagonista, y también del lector, y como todo viaje existencial toca el corazón con cada lectura y relectura pues siempre encontramos una palabra, un dibujo, una situación que nos lo apretara (nuestro corazón) de una forma u otra dependiendo del estado de ánimo en el que nos encontremos.

Yochi un diseñador que vive en Tokio, siempre atareado y ocupado con su trabajo de diseñador, mantiene en un segundo plano a su familia y ha olvidado ya sus orígenes. El recuerdo de un padre frio, ausente y apático que rompió su matrimonio cuando él era niño hace que lleve años sin volver a su pequeño pueblo natal y sin ver no solo a su padre sino tampoco al resto de su familia.  Un día recibe una llamada donde le comunican que su padre ha fallecido y que sus exequias iban a dar comienzo. Yochi entonces vuelve a su pueblo sin saber que el viaje que va a comenzar no solo le va a llevar a su tierra natal sino que además va a cambiar todo lo que creía conocer de su familia ya que a través de las historias que va escuchando en el velatorio se va a dar cuenta de lo distorsionada y equivocada que era la imagen que guardaba de su padre.

Taniguichi, como siempre, nos cuenta la historia con un ritmo pausado pero constante. El autor poco a poco, viñeta a viñeta, va aumentando la carga sentimental llegando a niveles prácticamente insoportables en el tramo final de la obra, momento en el cual el lector ya está totalmente identificado con el protagonista (quien no ha sido injusto alguna vez con sus padres) y no puede evitar que estos sentimientos afloren con un nudo en nuestra garganta o, como en mi caso, con unos ojos mas vidriosos de la cuenta.

Poco podemos decir del dibujo del maestro, alejado de la vertiente mas comercial del manga se trata de un dibujo extremadamente realista y atento al detalle. Es fascinante comprobar como una viñeta puede llegar a expresar tan bien una emoción, podemos ver en los retratos de los protagonistas la rabia, el dolor o la desesperación y no solo verla sino que llegamos a sentirla, no hacen falta textos que acompañen a las imágenes ni colores estridentes solo es necesario el lápiz del maestro para ello.

En conclusión, Planeta nos trae, la que para el que suscribe estas líneas, es la mejor obra no solo del autor sino del manga contemporáneo. Una obra que cambia con cada relectura y que es tan rica en matices que podríamos estar horas y horas hablando de ella. Si “Cielos Radiantes” era la obra perfecta para adentrarse en el maravilloso mundo de Jiro Taniguchi esta es la que hará que la amemos para siempre. Gracias Jiro por regalarnos este viaje, gracias allí donde estés.

 

 

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